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Los vascos fundadores que forjaron Vega Sicilia
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La saga de los Lecanda y el impulso visionario de Eloy Lecanda sentaron las bases de una bodega legendaria, marcando para siempre la historia de la Ribera del Duero y del vino español

Ana Vega Pérez de Arlucea · Jueves, 12 de febrero 2026
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En Pesquera de Duero, en pleno corazón de Valladolid, hay un baserri con paredes blancas y entramado de vigas oscuras.
Su fachada preside un gran patio de estilo castellano que está rodeado de muy mesetarios pinos piñoneros, pero la estampa general es inconfundible: nos encontramos claramente ante un caserío vasco.
Lo mandó construir a mediados del siglo XIX el ingeniero industrial Teodosio Lecanda y Chaves, entonces propietario del terreno, en honor a la tierra de sus ancestros y lo pueden ver en la etiqueta de varios vinos de la bodega Dehesa de los Canónigos.
Es sólo un ejemplo de la huella vasca en la D. O. Ribera del Duero no tan conocida como debiera y que esconde historias maravillosas como la de ese baserri vallisoletano y esa familia, la de los Lecanda, que dejó su impronta a lo largo y ancho de esa tierra de vinos, desde Dehesa de los Canónigos hasta la que probablemente sea la bodega española más conocida y prestigiosa: Vega Sicilia.
Toribio Lecanda Campo (ca. 1806 – 1875) fue santanderino de nacimiento, castellano por residencia y vizcaíno de corazón. Sus padres, Eusebio Lecanda Aldape y Ángela Campo Ybarrola (él era de Bilbao y ella de Gordexola) se casaron en el Botxo y pronto se trasladaron a Santander por cuestión de negocios. Allí nació su hijo y allí contrajo matrimonio con con Felipa Chaves Gordóniz (como él de origen vizcaíno) y también allí vinieron al mundo sus vástagos.
Toribio se trasladó primero a Palencia y luego a Valladolid, donde en 1865 llegó a ser el mayor contribuyente de propiedades rurales y pecuarias de la provincia.
Emprendedor y avispado, supo aprovechar las oportunidades que ofreció la desamortización de Mendizábal para convertirse en un gran terrateniente, en importante comerciante de harinas, dueño de cafés, casinos y plazas de toros, fundador del Banco de Valladolid… y vinicultor aficionado.
O algo más que aficionado, ya que la Exposición Universal de Viena de 1873 premió uno de sus vinos con una medalla al mérito.
No sé de dónde le vino su interés por la vid, pero sí que supo transmitírselo a sus hijos. Al menos tres de ellos -Teodosio, Augusto y Eloy Lecanda Chaves- se dedicaron parcialmente a la vitivinicultura en tierras que había adquirido su padre en la Ribera del Duero.
Augusto se formó como ingeniero agrónomo en Bélgica, escribió un libro sobre agricultura y en 1878 fue elegido por la Diputación de Valladolid para estudiar la filoxera y los posibles modos de combatirla.
Su hermano Teodosio fue quien se quedó con la Dehesa de los Canónigos y a Eloy, que probablemente también había estudiado ciencias agrícolas en el extranjero, le tocó en suerte una finca que don Toribio había comprado en 1848 al Marqués de Valbuena: la Vega de Sicilia y Carrascal, en Valbuena de Duero (Valladolid).
Su nombre no tiene nada que ver con la isla italiana. Una ‘vega’ ya saben que es el terreno llano y fértil junto a un río -en este caso el Duero-, pero ‘Sicilia’ es la curiosa deformación de ‘Cecilia’, santa a la que desde la Edad Media estaba dedicada una capilla en esa zona.
El tres cuartos vasco Eloy Lecanda y Chaves toma las riendas de esa hacienda en 1859 y en 1864 funda la bodega de manera más o menos oficial al traer desde Francia 18.000 cepas de cabernet sauvignon, malbec, merlot o pinot noir.
Mezclando esas variedades con otras autóctonas como garnacha y tinto aragonés (tempranillo), Lecanda consigue vinos de mayor finura, capaces de competir con los mejores extranjeros.
También introduce métodos de elaboración al uso francés y construye bodegas nuevas, inspiradas en las de Jerez de la Frontera y que, a diferencia de las clásicas castellanas, ya no son subterráneas.
Todas esas innovaciones le merecen varios premios, su nombramiento como comisario regio de Agricultura y un nada despreciable éxito comercial al vender sus vinos -blancos, rosados, tintos, dulces y licorosos- en gran parte de España, Cuba y Filipinas.
Según un anuncio del periódico Irurac-bat, en abril de 1876 ya se podía adquirir en Bilbao (en el ultramarinos de Joseph Taylor, c/ Ribera 5) «vino de la bodega de Lecanda».
Ocho años más tarde eran seis tiendas las que comercializaban en la capital vizcaína aquel «vino de mesa que en nada desmerece al de Burdeos».
Desgraciadamente para don Eloy el negocio no acaba de cuajar y en 1888 vende la finca y sus 260 hectáreas de viñedo a un empresario palentino, Pascual Herrero Bux.
Tras la muerte de éste la propiedad pasa a manos de un acreedor con el que compartía apellido pero no vínculos familiares, Antonio Herrero Vázquez, y es este segundo Herrero el que en torno a 1901 arrienda la viña de Vega Sicilia, sus uvas y su todo al bilbaíno Cosme Palacio.
Hace muy poquito hablamos del famoso mosto Palacio, elaborado en Laguardia en las mismas bodegas que Cosme Ignacio Palacio Bermejillo (1858-1922) fundó en 1894, con tan mala pata que apenas cinco años después llegó la filoxera a La Rioja y tuvo que trasladar la producción a Valladolid.
Con él se llevó como maestro bodeguero -el enólogo de ahora- a un veinteañero nacido en Etxebarria que se enamoraría de la Ribera del Duero y cambiaría para siempre el destino de Vega Sicilia: Domingo Remigio Garramiola y Arbe, alias Txomin (1877-1944).
Don Cosme volvió a la Rioja Alavesa, pero Txomin se quedó con su familia en Valbuena para instaurar un método, una calidad y un modo de vivir el vino que en 1915 se tradujo en dos de los caldos más reputados del mundo: Vega Sicilia Único y Valbuena.
Si tienen ustedes la suerte de catarlos, acuérdense del bueno de Txomin.
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