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Álvaro Palacios, superestrella de las viñas: «¿IA? El vino será lo que nos va a agarrar al pasado»

El séptimo de los nueve hijos de José Palacios ha conseguido embotellar el misterio de la tierra en vinos como L’Ermita, La Faraona o Quiñón de Valmira

Álvaro Palacios, en La Llotja de Mar.

Álvaro Palacios, en La Llotja de Mar. / ZOWY VOETEN

Núria Navarro · 29 Junio 2025

 

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Es el séptimo de los nueve hijos de José Palacios Remondo, patriarca de los vinos de Rioja. El elegido. El alquimista que se empeñó en destilar el misterio de la viña y lo ha conseguido en tierras de La Rioja, el Bierzo y el Priorat. Álvaro Palacios (Alfaro, 1964), un huracán de simpatía –lo demostró una vez más en la Avanzada Cosecha 2024 de Vila Viniteca–, ha conseguido los codiciados 100 puntos de la escala Parker con vinos como La Faraona, L’Ermita y Quiñón de Valmira.

Le reciben como a una estrella del rock.

Soy un humilde labrador.

«Soy un humilde labrador»

 

Un «labrador» con una bodega diseñada por Rafael Moneo.

¡Todavía la estamos pagando! Pero no monto una granja de pollos para hacer vino. Hay que darlo todo. Quería un edificio que respetara el entorno natural, y Moneo es un arquitecto austero y solemne, que elabora vino también. El edificio de Villafranca del Bierzo está metido bajo tierra. Una maravilla. Pero en cualquiera de las tres viñas soy muy feliz. 

¿Siempre?

Hay días de preocupación. El otro día volví de México y fui directo a la viña porque había notas de míldiu. Estaban todos preparados para tratarlo. 

«Mi hija, Lola, está embarazada. La vida se renovará con mi nieta»

 

En México falleció su hermano Manuel. En 2021 murió otra hermana, Chelo.

Chelo, madre de Ricardo, mi socio, era una bodeguera total. Y Manolo, el más divertido, un fenómeno… Pero mi hija, Lola, está embarazada. La vida se renovará con mi nieta.

A estas alturas, ¿es lo que siempre quiso ser?

De niño quise ser torero, cantante de rock fino y piloto de motos (mi segundo hermano mayor trajo una Bultaco Sherpa y nos deslumbró), pero como mi padre nos hizo trabajar a todos desde pequeños, me fueron cautivando los misterios de la bodega, el silencio, la humedad, esas tinas fermentando la maloláctica, blup, blup, en la oscuridad. Yo quería ser muy bueno en lo que fuera. Y un día me dije: «De lo que más sabes es de vinos».

«Quise ser torero, cantante de rock fino y piloto de motos, pero me fueron cautivando el silencio y la oscuridad de la bodega»

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Hizo la revolución.

Siempre fui muy inquieto, mucho. Quería hacerlo bien, llevar todo adelante y salí muy patriótico, pero no en el sentido político; quería defender la tierra porque el mundo rural había sufrido mucho. Estudié en Burdeos y René Barbier, que compartió allí apartamento con mi hermano segundo mayor, me introdujo para hacer prácticas en Château Petrus, el vino mítico de la época.

¿Aprendió mucho secreto?

Aprendí que existía el Grand Cru, que es el respeto por un trozo de tierra que es mejor que otro y merece ser embotellado aparte. Que todo está en el suelo, en la tierra, en el clima, que el gran vino no es ensamblaje. En la época de mi padre, para ser alguien en La Rioja, había que producir 400.000 cajas. Y yo no quería eso.

«Me he pasado toda la vida buscando el misterio de la tierra, intentando sonsacarlo»

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¿Qué quería?

Hacer un gran vino de lugar. Me he pasado toda la vida buscando el misterio de la tierra, intentando sonsacarlo.

Es evidente que lo consigue. ¿Cómo explicarlo?

No lo puedo explicar. Más allá de la armonía, el equilibrio y el color radiante, sea en Les Terrasses –mezcla de uvas de varios pueblos–, o vinos de municipio, de Gratallops, como el Dofí, La Baixada o L’Ermita, trato de que abran todos los sensores del cerebro y te lleven al mundo natural, a romper la fruta de un paraíso desconocido, a lugares históricos. En Navidad tomamos un La Landonne Côte-Rôtie, de Marcel Guigal, y me llevó a las batallas de Napoleón. ¡Paré la cena!

Cuente, cuente. ¿Cuál es su canon?

Solo están los grandes del Viejo Mundo. Los del viejo Burdeos, la gran Borgoña, los del Ródano –del sur, Châteauneuf du Pape; del norte, los Syrah de Hermitage, Côte-Rôtie–, el Babaresco de Piamonte, algunos vinos de la Toscana. Los tradicionales siempre, porque con los modernismos no vas a ninguna parte.

«En mi canon solo están los grandes del Viejo Mundo»

 

¿Innovación la justita?

Para muestra, un botón: casi todos los vinos con 100 puntos Parker en España vienen de viñas viejas. La viña no encaja con la viticultura intensiva, con variedades que no son del lugar. Eso se ha cargado cantidad de consumidores, porque no han llamado a la puerta del alma para dejar que entre el misterio.

¿Qué tal lleva el papanatismo de algunos catadores?

Me da pena. El vino es para unir en comunión a los seres humanos y brindar por la salud y el futuro, para cantar y reír.

«Queremos dominar al otro con el conocimiento. Y yo digo: ‘Tomad buen vino y cantar, hombre»

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¿Usted canta?

En casa se cantaba mucha copla, algún tango argentino, rancheras y corridos. Ahora ya no canta nadie. Queremos dominar al otro con el conocimiento. Y yo digo: «Tomad buen vino y cantar, hombre». 

Quizá la IA acabe también con el vino.

El vino será lo que nos va a agarrar al pasado. Exige una intuición muy bestia, estar muy encima en el campo, día a día, y luego está la alquimia, que nadie sabe de dónde viene. Ya puedes poner todos los robots que quieras que no lo consigues.

 

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