En las viñas de L’Ermita, conversamos con Álvaro Palacios, artista del vino, y su hija Lola, enóloga formada en las cinco mejores bodegas del mundo, que acaba de regresar a las bodegas familiares para emular a su padre y crear algo nuevo.
Durante dos días compartimos coplas, viñas viejas envueltas de mística, y por supuesto, el jugo de dioses.
Anochece cuando llegamos a Gratallops (Tarragona), y el reino de la montaña nos acoge con un silencio reverencial.
Sobre las laderas, las viñas serpentean acunadas por ese misterioso Montsant que exhibe hechuras de tótem.
La tierra tira: los que nacimos cerca y viajábamos en nuestra infancia a Falset o Siurana, sentimos ese pellizco que produce la geografía tormentosa de lo Priorat y sus pueblos de cuento, donde comíamos avellanas. En aquel tiempo, apenas había cuatro bodegas que hacían el vino del recuerdo.
La geología del paraje parece una borrachera, una fuerza interna, desordenada y pujante que traquetea la tierra”
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Hoy sobrepasan el centenar con denominación de origen Priorat.
“La geología del paraje parece una borrachera, una fuerza interna, desordenada y pujante que traquetea la tierra” escribía Josep Pla.
A ese suelo de llicorella llegaron unos monjes franceses en el siglo XII, a quienes el rey les otorgó tierras para repoblar a través de su prior ( de ahí, priorato)
Edificaron el monasterio de santa Maria de Escaladei y durante seis siglos se dedicaron a la viticultura, aplicando los sabios métodos desarrollados por el Císter.
Tal vez por ello, aquí se cultiva el vino como si se rezara. Vinos de pequeña tirada, caros, pulidos, en las antípodas de la producción industrial cuyas viñas se empinan en barrancos o laderas frente a las sierras Llaveria, la Argentera y el Montsant emanando un vaho brillante, como si el paisaje nos hiciera una promesa.
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Amante del mundo rural, aceptó a regañadientes ponerse el vestido de Antik Batik y las botas de Mascaró. Sergi Jasanada
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La bodega de Álvaro Palacios inserta su fina geometría en el paisaje en forma de cabaña moderna. En su sótano, húmedo y oscuro, se guarda el tesoro: los fudres de L’Ermita, caldo de dioses, uno de los vinos más excelsos que se producen en España. Premiadísimos, venerados, con los cien puntos de la lista Parker, los vinos de Palacios representan un elixir de la excelencia.
Alrededor de Gratallops se extienden los viñedos de L’Ermita, cepas centenarias de garnacha y cariñena que reciben 4.000 horas de sol al año, poca lluvia, viento del interior y brisa marina. Se produce un máximo de 6.000 botellas al año y un mínimo de 2.500; tras la ampliación este año a dos hectáreas de cultivo, cinco en total.
La noche es templada a pesar de ser enero. Ya se despide Nicolás, gitano con arte en el cante, amigo y conductor ocasional de Álvaro –lo acompaña del Bierzo a Alfaro (La Rioja), y, de allí, vuelta a Gratallops, con una almohada en el asiento–. Cristina Jiménez, esposa de Álvaro, ha preparado una cena exquisita. Su hija Lola, de 26 años, abre una botella de vino y Álvaro exclama “ailoviú”. Y padre e hija empiezan a tararear Déjame volar, de La Macanita. Conversamos durante dos horas y media.
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El Montsant mantiene su fuerza telúrica. Álvaro colaboró con los ecologistas para que los parques eólicos no borren el paisaje. Sergi Jasanada
Lola, ¿huele el vino desde pequeña?
L.P.: ¡Claro! Forma parte de mi vida… Vivimos entre las tres bodegas. Y, aquí, por la noche se huele a vino sobre todo en la época de vendimia…
Á.P.: A Lola le gusta mucho la uva, la celebración, beber vino, cosa que se está perdiendo en España y que en Francia se mantiene… Y tiene mucho aguante. Aguante con su padre, quiero decir.
L.P.: Le encanta fardar.
Á.P.: No, no. Es que ella tiene más aguante que yo, y eso me fastidia.
L.P.: Todo el mundo tiene aguante con los grandes vinos, ya que son muy saludables.
Á.P.: Claro, el efecto es mucho más inspirador, emocionante y vital. Es el bálsamo de los mayores. ¿Whisky? Solo buen vino, te levantas por la mañana como un rey tras la victoria.
Me gusta la bodega, pero considero que lo más importante es la viña”
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Lola, ¿Cuándo decidió dedicarse al vino? ¿Estaba predestinada?
L.P.: Me gusta mucho la naturaleza, y en especial la viña. Me apasiona la viticultura, cuidar las plantas. También la bodega, pero considero que lo más importante es la viña. Siempre supe que me dedicaría a esto.
Á.P.: Desde los 14 años la hemos hecho trabajar todos los veranos, desde las 9 de la mañana, en la bodega.
L.P.: Cuando venía de la high school, en EE.UU., me enfadaba. Y él me decía: “Tu abuelo no me reñía nada porque viniera de empalmada, pero puntual al trabajo”. Así que yo me dije: “Ah, ¿sí? ¡Pues prepárate!” Y me iba a los Sanfermines, y, de vuelta, iba a trabajar sin dormir. Y él tampoco me reprochó nada.
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Viñas viejas, inalteradas durante siglos, fueron recuperadas por Álvaro Palacios, fascinado por sus orígenes monásticos. Sergi Jasanada
¿Tuvo algún ídolo de niña?
Mi padre. Siempre ha sido él, desde pequeña. Suena muy moñas, pero es la verdad. Desde que volví de Napa Valley para quedarme, tras siete años en Francia y California, andamos y hablamos mucho juntos, y veo que los dos tenemos muy arraigado el respeto a la tierra.
Y su madre, Cristina, ¿potencia ese mundo en común?
L.P.: Mi madre es el pilar de la familia y de las tres empresas. De todo, vamos. Nunca la he visto enfadada. Es quien mantiene la paz en casa.
Á.P.: Cristina es la persona que más me ha ayudado; siempre ahí.
Mi padre yo somos yin-yin. Nos tratamos como colegas”
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¿Discuten mucho padre e hija?
L.P.: No. Aunque somos yin-yin.
Á.P.: Hemos aprendido que lo primero es disfrutar, respetando la libertad de cada uno, haciendo las cosas porque se quiere y no por obligación.
L.P.: Recuerdo que hace años me dijiste: “Lola, tú y yo no vamos a discutir más. Ya somos colegas. Se acabaron las discusiones padre-hija”. Y la verdad es que así se ha quedado. Incluso vamos de marcha juntos. Mis padres y un amigo mío, también cantaor de flamenco, son mi cuadrilla. Tenemos el mismo gusto: mucha copla, flamenco… Cantamos mucho en casa desde siempre.
Álvaro, ¿cómo se aficionó al flamenco?
Á.P.: En toda España la copla, que es la canción española por antonomasia, se oía por todos lados, y en los trabajos en el campo se cantaban fandangos. Entonces Manolo Caracol sonaba en la radio, y la canción flamenca corrió por toda la península. Yo creo que incluso antes de la radio hay una conexión con la música andaluza en España y la música en general, las alegrías de Cádiz y el fandango de Huelva son como las jotas. Claro, tienen las mismas notas que la jota navarra de Aragón, y la tonada asturiana es un pregón también flamenco. Mi padre siempre cantaba y tocaba la guitarra, en todas las familias se cantaba.
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Una pausa en la antigua cabaña de las mulas donde a Lola se le cayó su primer diente. Sergi Jasanada
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¿Cómo se produce el milagro del Priorat?
Á.P.: No soy nadie ni nada, se trata de una circunstancia histórica.
No podría hacer este vino si no estuviese en una región histórica de vino como esta: es un valor patrimonial único, donde pude adquirir viñas, viñas viejas, viñas inalteradas durante siglos, algo sin precedentes.
En los 80, en España se empezaba a destruir toda la viticultura tradicional, para pasar a la viticultura intensiva, el emparrado y a la vendimia mecanizada. Esa circunstancia la percibo en Francia.
Allí aprendí que el gran vino procede de una viña tocada por un don divino. Yo me baso en las tres primeras páginas de los libros de la historia del vino: primero la mitología: Egipto, Dionisos, Baco, Jesucristo. Ahí hallas la mística, la espiritualidad, los monjes borrachos, la sangre de todos los dioses. La adoración. La sangre de todos nuestros ríos mediterráneos. El culto. Y luego, obviamente, necesitabas del viejo mundo: la sabidura de las tradiciones, la afinidad de sus cepas.
En Rioja, allá por el año 89, era más difícil hacer algo así, había que hacer 400.000 cajas año para ser alguien. Era una atmósfera un tanto a lo grande donde resultaba difícil hacer resaltar los vestigios y esencias vitícolas de su rico entorno.
¿Cuáles son las razones?
Á.P.: El mundo rural de España entró en declive al comienzo del siglo XX, no tuvimos los ríos navegables, como Francia, ni las cosechas de cereal que ha tenido Francia o Alemania, ni la potencia de Inglaterra. Imagina si tú vienes aquí a Gratallops y me dices: “Sepárame esta cosecha que acabo de catar. Te pago por adelantado y me reservas las venideras… Eso pasaba en Borgoña. Eso pasaba en Burdeos. Eso pasaba en Champagne»…
Hacer grandes vinos es una tortura absoluta, aprendizaje perpetuo”


