Cautivado por un mundo romántico y bohemio, Álvaro Palacios busca la identidad de las viñas, aquellas que guardan la historia de «una tradición milenaria, bucólica, intrigante, preciosa y festiva», hasta conseguir que otros se sientan tan atrapados como él.
Prueben a decir su nombre delante de un aficionado al vino y les aseguro que captará su atención inmediatamente. Álvaro Palacios (Alfaro, La Rioja, 1964) es uno de los enólogos y productores más respetados del sector y lo es por haber sabido defender las viñas viejas, el trabajo en el campo, la tradición y los grandes vinos clásicos. ¿Tuvo miedo a quedarse desfasado en algún momento? A juzgar por los datos no parece haberlo sentido nunca y es que las puntuaciones de sus vinos y el reconocimiento que obtiene su trabajo a nivel mundial le han dado la razón.
No en vano, L’Ermita, uno de los vinos más caros de España y que se elabora en la bodega que Palacios fundó en el Priorat en 1989, consiguió con su última añada, la de 2019, cien puntos Parker, una puntuación que ya obtuvo la de 2013. Tampoco ha extrañado a críticos y compañeros de oficio que la bodega Descendientes J. Palacios, ubicada en Crullón, en el Bierzo, y que él mismo fundó en 1999 con su sobrino Ricardo Pérez, haya obtenido el primer certificado Robert Parker Green Emblem, que reconoce los esfuerzos de aquellos que practican una viticultura sostenible y del que sólo pueden presumir otras 23 bodegas en todo el mundo.
- El nombre Álvaro Palacios está asociado a términos como singularidad, historia o respeto. ¿Demasiada responsabilidad?
- Cuando hablamos de grandes vinos, lo importante no es el nombre del productor o de la bodega. Sólo somos los depositarios y los responsables temporales de un saber y de una práctica vitivinícola que tiene el compromiso de respetar, profundizar y llevar el vino a lo más alto.
- Si los nombres no son importantes, ¿qué es lo relevante?
- Los lugares, la toponimia de los parajes y los grandes viñedos nacidos de una tradición y un conocimiento que durante siglos ha ahondado en las bondades de ese lugar concreto. Mi labor es intentar conectar con el espíritu más íntimo, especial e inexplicable de la viña, con la sabiduría que se desprende de ella tras haber sido trabajada por muchas manos a lo largo de su historia.
- Decía Baudelaire en el poema ‘El alma del vino’ que éste devuelve la fuerza y el ánimo y que ilumina los ojos de la mujer. ¿No hay algo de bohemio y romántico en todo lo que rodea al vino?
- Es curioso que el mundo del vino no se acerque más a aquellos que desconocen su encanto ni les invite a disfrutar de algo que a los que llegan a él casi por inercia les cautiva. El vino es magia, es embrujo, es leyenda y no sólo por el producto final, sino también por su entorno, por la posibilidad que da de conectar con la naturaleza al visitar los viñedos y vivir esa tradición milenaria, bucólica, intrigante, preciosa y festiva.
- ¿Es compatible todo esto con la innovación?
- Entiendo este concepto de una forma orgánica, viva, continuada en el devenir de los tiempos. Innovar es pensar para iluminar y explicar los misterios de la naturaleza, de la vida de las cepas, de las relaciones entre la tierra, la planta y el aire.
- Dirige también Palacios Remondo, bodega que fundaron sus padres en 1947 en Alfaro, en la Rioja más árida, cálida y ventosa. ¿Se puede ser empresario del vino sin antes haber sudado la viña?
- Nací, como mis ocho hermanos, en el piso de arriba de esa bodega. Mi relación con el vino es innata, natural, familiar y no creo que hubiera podido dedicarme a otra cosa. De mis padres heredé valores como la honestidad y la pulcritud en el trabajo, pero sobre todo esa obsesión casi fanática que tenía mi padre por hacer vinos cada vez mejores.
- ¿Es este objetivo cada vez más difícil de conseguir? ¿Hay demasiada competencia?
- Hay que educar más la mirada, formarse un propio criterio, ser más respetuoso, cultivarse en temas como humanismo, historia y geografía. Debemos seguir profundizando en el conocimiento de lo que hacemos para expresar las extraordinarias aptitudes de cada viñedo. Tenemos que desarrollar una viticultura consciente, que esté enmarcada en una historia de siglos de agricultura. Ese conocimiento humilde y siempre en construcción debe ser nuestra diferencia primordial.
- Fue esa necesidad de encontrar nuevas formas de expresión lo que le llevó al Priorat y al Bierzo. ¿Hay alguna otra zona en la que le gustaría estar?
- España tiene rincones mágicos y, como país, todos tenemos la responsabilidad de darlos a conocer. Hay miles de parcelas que esperan alcanzar lo que les pertenece por derecho, ese reconocimiento de sus dones, esa dignidad histórica que les debemos. Sería bonito poder hacerlo entre todos, conocer esos lugares y darlos a conocer. Esa será nuestra singularidad como país, nuestra tipicidad.
- Dirige una de las bodegas más sostenibles del mundo, pero critica la forma en la que se están extendiendo las energías renovables en el campo. ¿Por qué?
- España está siendo sometida a una amenaza irremediable si no se recapacita a tiempo. El Gobierno ha adquirido prácticamente todo el cupo europeo de energías renovables, pero cuando se instala una central eléctrica con más de 60 aerogeneradores en medio de los mejores viñedos de La Rioja nadie se pregunta el efecto que tiene esto, ni desde el punto de vista de la producción ni como amenaza al enoturismo. Francia nunca haría nada semejante.
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